La humildad como valor político0
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Pocos son los que al enumerar las cualidades del buen político recuerdan mencionar la humildad en los primeros lugares. Más bien son muchos quienes olvidan que no es la soberbia lo que a una mujer o a un hombre le da grandeza política, sino antes al contrario, es la humildad la cualidad que da grandeza y la soberbia la que convierte al político en pusilánime (del latín: falto de ánimo o valor para intentar cosas grandes).
No sólo vale para la política, sino para cualesquiera actividades de la vida, ya sean laborales, personales, familiares, políticas, o simplemente de amistad. La humildad es una de las más preciados cualidades del ser humano, y en política adquiere una dimensión mucho mayor, no sólo por tratarse de una actividad enmarcada en las ciencias sociales sino porque es –o debería ser– sencillamente una vocación humana, volcada en los demás, en las personas, en todos menos en uno mismo.
A veces es común pensar que política y humildad no son compatibles y, de hecho, estoy convencido que la mayoría de los españoles piensan así (no hay más que echar un ojo a las encuestas…). Y es que la soberbia y el poder son como la pescadilla que se muerde la cola, porque el poder alimenta a la soberbia y ésta alimenta más aún al poder… Y al final no queda claro cuál fue primero y cuál vino detrás, pero el caso es que son un ciclo que no deja de girar hasta la caída, que al soberbio siempre llega y al humilde nunca sorprende.
Hay quien adquiere un responsabilidad, por pequeña o grande que sea, y olvida cómo llegó a ella. Soberbios hay muchos, cómo Zapatero, que una vez endiosados, pretenden y creen ser dueños de la verdad absoluta y dejan de escuchar los consejos de sus consejeros, los asesoramientos de sus asesores y la voz de quienes le rodean. O como le ocurrió a más de uno que manchó su merecida gloria por un último minuto de soberbia. Y no sólo a los grandes que piensan que son grandes, sino también a los pequeños que piensan que son grandes. Si el problema en esto es creerse con más grandeza de la que uno tiene… Fijaos en Felipe González tras 13 años como salió del gobierno… o Ibarretxe enamorado de sí mismo derrotado por un tándem de políticos humildes… o cómo han acabado Touriño y Quintana por querer tener el mejor coche del mundo, el mejor sillón del mundo y la mayor cara dura del mundo…
Decía el genio Francisco de Quevedo que ‘la soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió‘. Y qué razón tenía: jamás se vuelve humilde el soberbio; pero se pega un tortazo increíble cuando se cae.
Conozco a mucha gente con humildad. Muchos están en segunda o tercera fila, casi todos se quedan en la última… y afortunadamente algunos también llegan a la primera como Rajoy, que es una persona sencilla (él diría “normal”, pero en realidad se refiere a la sencillez), que no va de lo que no es, y no es más que de lo que va.Tiene un estilo peculiar, alejado de la obsesión por la imagen, opuesto a los políticos que no pueden vivir sin el ‘espejito mágico’ y sin querer figurar en más cosas de las necesarias. No es de los que buscan la cámara 2, la cámara 3…
Quien tiene humildad no tiene obsesión por buscar fotos, como ZP y compañía, ni publicaciones en las que salir, sino que a veces se quita de ellas para que salgan otros. No se le caen los anillos por hacer lo que otros no quieren hacer. Son los primeros en dar ejemplo, en ceder el sitio, en no dar nunca un codazo… Ahí están los que nunca firman sus ideas, los que escriben para otros, los que no piden nada a cambio aunque lo merezcan…
Cuando me refiero a estas personas suelo decir que son quienes nunca entran en una sala sin haber llamado tres veces… He conocido personas que tras 9 ó 10 años de trabajo nunca tuvieron ni pidieron nada; pero al final les llegó porque lo merecían. He aprendido mucho (y ojalá pueda aprender mucho más) de personas como Antonio Lucas, secretario general del PP de Ciudad Real, o como Gonzalo Mora, vicesecretario nacional de NNGG… que son verdaderos ejemplos de humanidad, de generosidad y de humildad en la política. Hay muchos más, y me metería en un lío al tratar de citarlos a todos, pero con estos ejemplos y los que he dejado caer antes cualquiera puede darse cuenta del tipo de persona al que me estoy refiriendo.
Hoy quiero con esta reivindicación del valor político de la humildad animaros a quienes a que, en la medida de vuestras posibilidades, nunca olvidéis de donde venís, ni quiénes os ayudaron a llegar. Que a los políticos del mañana no se nos olvide quiénes nos votaron ni a quiénes nos debemos políticamente, que es a los ciudadanos. Porque aunque las alturas parezcan más grandes, la verdadera grandeza reside en la humildad, en el terreno, donde está todo el mundo.
Hoy rindo un homenaje a los humildes, a los que no dan codazos por aparecen en los periódicos, a quienes no tienen cargos importantes y sólo quieren ayudar, a los que están por vocación, y cómo no, a los que por muy alto que han llegado siempre se acordaron de los demás. A todos vosotros, gracias!
