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Ene 2010 23

«Cuando el príncipe es coronado rey, los que le han visto llorar son enviados a las minas de sal». Lo escribió la dramaturga parisina Yasmina Reza en su muy recomendable novela-ensayo “L’aube le soir ou la nuit” (El alba, la tarde o la noche, 2007) en la que relata algunas de las más llamativas y fascinantes experiencias junto al entonces candidato a la Presidencia de la República Francesa, Nicolás Sarkozy, durante la campaña presidencial de 2007.

Cualquiera que me conozca un poco, sabrá lo que pude haber disfrutado entonces con este ensayo (que me recomendó hace muchas tardes Carlos Aragonés) y ahora recordándola para seleccionar estas palabras. Sin embargo, hoy son las de otro “Nicolás” las que me vienen a la cabeza y quiero dejar grabadas en mi blog… Me refiero al comienzo de  una correspondencia que se escribió hace 500 años destinada a Lorenzo de Medici, proclamado en aquellos días Capitán General de Florencia. En las últimas semanas, releyendo viejas historias de la estantería, me encontré con este texto preciso e impecable, que últimamente no dejo de relacionar…

Suelen, las más de las veces, aquellos que deseen captar la benevolencia de un Príncipe, presentarse ante él con aquello, de entre sus pertenencias, que más estiman o con lo que ven más ha de deleitarse; por eso vemos a menudo cómo les son ofrecidos caballos, armas, telas tejidas con oro, piedras preciosas y otros adornos semejantes dignos de grandeza. Deseando yo, pues, ofrecerme a Vuestra Magnificencia con algún testimonio de mi devoción, no he encontrado entre todas mis pertenencias cosa alguna que considere más valiosa o estime tanto como el conocimiento de acciones de los grandes hombres, aprendida mediante una larga experiencia de las cosas modernas y una continuada lectura de las antiguas; las cuales, después de haberlas meditado y examinado con gran diligencia, recogidas ahora en un pequeño volumen, mando a Vuestra Magnificiencia.

Y aunque juzgo esta obra indigna de seros presentada, tengo, no obstante, confianza en que vuestra benevolencia querrá aceptarla, teniendo en cuenta que yo no puedo haceros ningún presente mejor que el de ofreceros la facultad de poder en brevísimo tiempo comprender todo cuanto yo, en tantos años y con tantas incomodidades y peligros he conocido y aprendido. Esta obra no la he adornado ni rellenado con amplios párrafos o ampulosas y solemnes palabras o con cualquier otro ornamento o artificio formal con los que muchos acostumbran a describir y adornar sus cosas, porque he querido o que nada la distinga o que tan sólo la variedad de la materia y la gravedad del tema la hagan grata. Y no quisiera tampoco que se tuviera por presunción el que un hombre de baja e ínfima condición se atreva a discurrir y dar normas sobre el gobierno de los príncipes; porque así como aquellos que dibujan paisajes se sitúan en los puntos más bajos de la llanura para estudiar la naturaleza de las montañas y de los lugares altos, y para considerar la de los lugares bajos ascienden a lo más alto de las montañas, igualmente, para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que ser príncipe y para conocer bien la de los príncipes hay que ser pueblo.

Pues bien, qui habet aures audiendi audiat. Esta carta que precede al texto de la obra, me parece absolutamente afortunada y es digna de hacer recapacitar a los que somos pueblo y a los que son ‘príncipes’.

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